Esta tarde un niño
ha devorado con ansia
una raja de sandía y ha tirado
la cáscara al cielo.
Sobre la lejanía
se acuesta pálida y primeriza
la luna.
Bajo un cielo limpísimo, azul,
brillante, casi oscuro,
mi luna se me antoja ahora enredada
en los alambres que coronan
los muros del penal.
Un niño. Sin duda.
Un niño.
Me gustaría que muchos presos,
como yo,
estuvieran viendo
el embrujo pálido, árabe,
del momento.
Creo que nadie sabe,
ni quiere, soñar.
¿Quizá un niño?
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